A mi vida le falta algo más que sonido

Hace más de tres años que la lengua de signos es oficial en España, pero el colectivo de sordos sigue encontrando dificultades en el día a día • Numerosos servicios y organismos públicos todavía no han eliminado las barreras auditivas.

El servicio de Otorrinolaringología del centro de especialidades de Burgos todavía no tiene un sistema visual para llamar a los pacientes, por lo que los muchos sordos que van a revisarse suelen ser los últimos en enterarse de que les toca pasar. En la UBU han hecho exámenes orales a personas sordas porque, ese día, o no había presupuesto para la intérprete o, por el motivo que fuera, no podía ir. Parecen argumentos para un esperpento, pero son vivencias de burgaleses sordos, que tienen que pelear a diario con una sociedad que, en su opinión, no está tan concienciada ante la sordera como ante otras discapacidades.

«Burgos no ha evolucionado nada en los últimos diez años, está todo igual de mal», critica Elena Hermoso con toda claridad. El hecho de que a ella (que se quedó sorda con año y medio por una meningitis) se le puedan entrecomillar las palabras es, al mismo tiempo, su ventaja y su cruz porque le permite transmitir sus pensamientos con relativa facilidad, pero confunde al interlocutor oyente, incapaz de entender que una persona pueda hablarle y no oírle.

La falta de audición no se ve, y solo una mañana junto a una persona sorda da idea de hasta qué punto pasa desapercibida en esta sociedad. Un recorrido por el Centro de Especialidades, el Centro Base de la Junta, la Comisaría, Hacienda y la Gerencia de Servicios Sociales de la Junta evidencian que, para empezar, es como si la persona sorda no existiera porque la gente mira, habla, atiende y entrega los papeles al intérprete, pero no a la persona interesada.

«Quiero ser yo misma, así que, la primera vez, siempre voy sola a los sitios. Si no me entiendo, vuelvo con intérprete. Y casi siempre vuelvo», lamenta Elena Hermoso. Este es uno de los grandes problemas del colectivo, que necesitan los oídos y las manos de otra persona para todo. Las Administraciones ofrecen servicios gratuitos de intérpretes para las gestiones del día a día en casi todas las ciudades, pero el colectivo de sordos denuncia que una cosa es la teoría y otra la realidad.

En la capital, este servicio lo organiza la Asociación Fray Pedro Ponce de León, que mediante convenios o subvenciones contrata a tres intérpretes. Una de ellas, Yaiza, explicó que cada día prestan, como mínimo, cinco servicios, pero afirmó ser consciente de que no las llaman siempre que hace falta. ¿Por qué motivo? Porque el servicio hay que solicitarlo con 48 horas de antelación y en un horario determinado, de manera que no puede haber imprevistos. Si surgen, hay que recurrir a la familia o apañárselas.

Eso es lo que hizo Marta Muñoz el día que llegó a la facultad de Derecho de la Universidad de Burgos para hacer el examen oral de Derecho Romano y se enteró de que nadie podía hablar por ella porque, según explica a través de Yaiza, la UBU no tenía fondos en ese momento para pagarlo. ¿Qué hizo? Hablar lo mejor que pudo y sin parar, pero también sin saber si había algún problema porque ella tiene sordera total. Y si la intérprete que, en teoría, paga la Universidad está de baja, Marta no puede ir a clase. «En el pregón de las fiestas o en el festival de folklore hay intérprete siempre», dice Elena Hermoso, «pero eso es apariencia, quedar bien. La realidad es otra».

Es que si un sordo tiene que ingresar solo en las Urgencias del Hospital General Yagüe tiene muchas probabilidades de no enterarse de nada de lo que le ocurre porque, según denuncia el colectivo, nadie conoce la lengua de signos ni siquiera por encima. Marisol Illana, trabajadora de la Asociación de Familias de Personas Sordas de Burgos (Arans Bur), asegura que están cansados de reivindicar que, al menos en Urgencias y en el Servicio de Otorrinolaringología haya un sistema visual de llamada en lugar del megáfono, ya que los facultativos que trabajan (a excepción de un médico) desconocen la lengua de signos y, por lo tanto, no se pueden comunicar con muchos de sus pacientes. Esta situación se repite en otros organismos públicos cuyo cometido es atender las necesidades de personas con discapacidades como, por ejemplo, la sección de discapacidad de la Gerencia de Servicios Sociales de la Junta.

Allí, solo una empleada conoce alguno de los signos de la lengua, por lo que todos los sordos que tienen que tramitar cualquier ayuda o papel tratan de hacerlo los viernes, entre las 11.30 y las 13.00 horas, que es cuando la Junta contrata a un intérprete profesional. «Nosotros entendemos que tener a un intérprete todos los días y solo con este cometido puede no ser operativo, pero creemos que se puede enseñar lengua de signos a algunas de las personas que tienen que trabajar con sordos en la Gerencia», dice Illana.

La lengua de signos española es oficial desde octubre de 2007, pero, a pesar de la euforia inicial, los afectados aseguran que han cambiado muy pocas cosas desde entonces. Ni siquiera se ha tenido en cuenta en la polémica por la introducción de las lenguas cooficiales en el Senado.

Pero los problemas no se limitan solo al ámbito público. Tampoco en el privado las cosas son fáciles. Con la TDT, por ejemplo, les cuesta ver la televisión porque la franja de los subtítulos aparece en mitad de la pantalla y no en la parte inferior. Y hay cadenas que aún no tienen subtítulos. «La de Castilla y León no tiene, así que somos los últimos en enterarnos», lamentan Elena Hermoso, Marta Muñiz y Raúl Casal.

Y eso por no hablar de lo que supone comprar cualquier producto que se salga un poco de lo normal, como un aparato electrónico o muebles. En estos casos, tienen que ir siempre a sitios en los que ya les conocen y les explican las cosas mirándolos siempre de frente y de forma que lo entiendan. «Si un ordenador es difícil, ¡imagínate pedir una hipoteca!», dice Illana lamentando que muchos sordos recurren a sus hijos oyentes, aunque sean niños, para tareas que hagan de interlocutores en tareas que, muchas veces, no son propias de su edad.

Elena Hermoso, especialidades – otorrinolaringología

Elena Hermoso se quedó sorda con un año y medio, por lo que es capaz de hablar, pero no oye. El jueves fue a solicitar una cita con el médico para una nueva valoración y nadie fue capaz de hacerle entender que después de tres años sin acudir al centro de especialidades se pierde su historial y tiene que pedir cita de nuevo. Nadie usó la lengua de signos en la planta de otorrinolaringología.

Santiago Manuel Puente, comisaría de la Policía Nacional

Santiago Manuel Puente oye ruidos, pero no es capaz de apreciar la voz humana. El jueves fue a renovar el carné de identidad, un trámite que no tiene dificultad porque es mecánico y porque sus datos aparecen en el viejo. Si hubiese querido poner una denuncia, hubiera tenido que esperar a que la Policía llamara a un intérprete y, si hubiese sido de noche, nadie habría podido atenderle.

Marta Muñoz, delegación de Hacienda

Marta Muñoz tiene 21 años y nunca ha hecho la declaración de la renta, pero recibió una carta en la que le indican que el año pasado no la presentó. Para saber qué tiene que hacer tuvo que dirigirse a dos personas de dos mostradores diferentes, que le dieron varios impresos para rellenar. Esta gestión hubiera sido imposible sin intérprete, a pesar de la voluntad de los empleados.

Raúl Casal, gerencia de Servicios Sociales de la Junta

Nada más entrar en la gerencia hay un cartel en el que se indica que el intérprete de lengua de signos trabaja los viernes de 11.30 a 13.00 horas. Raúl Casal quería información sobre una serie de prestaciones y no podía acudir el viernes, por lo que fue un jueves. Solo una de las empleadas que trabaja en discapacidad sabe algo de lengua de signos, pero no estaba en ese momento.

Fuente: diariodeburgos.es
Fecha: 20-02-2011

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