Entrevista de Diario de Burgos a Elena Hermoso

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La conversación con Elena Hermoso, sorda profunda de 47 años, se mantiene a través de una intérprete, pero lo cierto es que Hermoso habla y se expresa oralmente bastante bien. Y esta circunstancia, que ella dice que no tiene nada de particular porque es fruto de la educación recibida en el colegio, es una de sus grandes barreras. ¿Por qué? Porque cuando va a los servicios profesionales de valoración, siempre le dan a entender que ella ‘no tiene mucho problema’ porque se maneja. «Eso es lo que más me ofende, que me digan que hablo muy bien», destaca Hermoso.

La queja de esta mujer por las dificultades que tiene para que le valoren en el grado que ella cree proporcional a una sordera profunda es generalizada en Burgos. Tanto discapacitados auditivos como responsables de asociaciones de afectados denuncian que se han quedado fuera de toda prestación precisamente por ser sordos. «Yo tengo cuatro sentidos, igual que las personas ciegas, pero el tratamiento no es el mismo», lamenta, destacando que la sorpresa ha sido mayúscula al comprobar que tampoco tienen cabida en el grado de dependencia más leve que contempla la ley de Promoción de Autonomía Personal y Dependencia. «No solo no me ha aportado nada, sino que me ha cerrado puertas», remacha, especificando que tiene una valoración de discapacidad del 53% «y no llego al mínimo».

Esto significa que Hermoso no va a recibir ayuda para comprar un audífono que le permitiría distinguir algunos sonidos y tampoco puede beneficiarse de la normativa laboral que permite a quienes tienen una discapacidad superior al 65% reducir un año de cotización para jubilarse por cada cuatro trabajados. «Es que esa es otra: nosotros trabajamos, aportamos al Estado y ¿qué recibimos?», se pregunta esta empleada de la empresa de aire acondicionado Lennox, que tiene en plantilla a cuatro personas sordas y en la que Hermoso se encarga del montaje de cuadros eléctricos. «Apostaron por mí», cuenta, con visible satisfacción.

Las quejas de Hermoso son compartidas por otras personas con discapacidad intelectual o cognitiva, que están en la misma situación. «Quisiera volver al siglo XX porque cuando yo era pequeña teníamos más apoyo del Estado. Éramos muchos, pero nos daban cantidad de material específico para el colegio y para todo. Y ahora que hay menos niños sordos, les ofrecen menos recursos y tienen que pelear más», concluye.

El director de Aransbur, José Luis Arlanzón, afirma con amargura que «parece que ya no somos discapacitados y que no oír nada no supone ningún problema». Un lamento que se justifica en el hecho de que las barreras que pone la sordera parecen no ser suficiente para beneficiarse de alguna de las prestaciones recogidas en la ley, al no quedar acreditada la dependencia. «Esta discapacidad siempre ha sido muy perversa, aísla mucho y si no tienes ayuda, es muy difícil. Y confiábamos en entrar en el grado 1, pero hemos visto que tampoco», dice.

Fuente: Diario de Burgos.
Foto: Valdivielso.

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